Argentina: Emergencia y desafíos
de las asambleas barriales
Modesto Emilio Guerrero
Veinticuatro
horas antes, nadie entre los
oprimidos podía imaginar que
veinticuatro horas después
estaría derribando al
gobierno. Menos aún, que con
esa rebelión engendraría un
movimiento independiente de
asambleas barriales, quizá el
más importante producto
social y cultural desde el
Cordobazo. Ambas cosas
ocurrieron. Desde entonces,
toda la vida social se aceleró
al ritmo de la crisis política.
El mundo percibió la aparición
del fenómeno. El asambleísmo
ha tenido eco en Europa,
Latinoamérica y los Estados
Unidos. El "Cacerolazo
Global" es la primera
reacción internacional de la
vanguardia a un movimiento
nacional, desde la insurgencia
del Movimiento Zapatista
mexicano en enero de 1995.
Desde los países nórdicos
hasta Japón la prensa lo
sigue como noticia. Más de 20
asambleas han sido visitadas
por corresponsales
extranjeros.
Lo que era impensable se volvió
posible. Un amplio sector de
la clase media decidió
subvertir su propia existencia
y mandar al carajo muchas de
sus viejas creencias.
Una pequeña franja de ella,
entre 7.000 y 8.000 personas,
se reúne semanalmente en unas
70 asambleas barriales de la
ciudad de Buenos Aires. Entre
lunes y sábado desbordan
actividades sobre más de 300
comisiones. Los domingos
convirtieron al Parque
Centenario en lugar de
encuentro para 2.000 a 3.000
personas. Allí comparten
rupestres banderas vecinales y
miran con resignación las
cuidadosas e insolentes que
anteponen los partidos de la
izquierda. Conversan,
intercambian boletines,
volantes, escuchan pequeños
informes de dos o tres minutos
y votan en frío unas 50
consignas por semana. Nunca un
movimiento naciente tuvo tanto
programa junto en tan poco
tiempo. Pero pocas veces fue
tan versátil, invertebrado y
hasta contradictorio. Es como
si las asambleas fueran el
programa en movimiento.
Parque Centenario no es el
movimiento asambleísta, pero
es la señal inequívoca de
que éste vibra en cada
barrio. Esta contradicción
está en curso casi desde su
nacimiento. Después de tres
semanas de constitución, el
propio movimiento se sorprendió
de ver que su cuerpo crecía más
que su pensamiento. Ahí
comienza el segundo desafío
del actual proceso asambleísta.
¿Tendrá la capacidad de
superarse a sí mismo? ¿Logrará
crear su propio "punto de
partida" revolucionario
del que hablara Marx cuando
analizó la revolución de
1848? ¿Podrá este movimiento
social sepultar lo viejo con
ladrillos nuevos? ¿Logrará
liberar la palabra y el
pensamiento en el Parque
Centenario, condición para
ser sujeto liberador del resto
de la sociedad? ¿Sacará del
letargo y la disgregación a
la clase obrera, para
convertirla nuevamente en
movimiento? ¿Podrá
consolidarse como una
alternativa política nacional
junto a los piqueteros,
jubilados, docentes,
estudiantes, intelectuales?
Estos y otros desafíos fueron
brotando del cuerpo y del espíritu
del fenómeno político más
importante engendrado en las
jornadas revolucionarias del
19 y 20 de diciembre.
El país de los presidentes de
papel
El presidente Fernando de la Rúa
tuvo que irse por la
"puerta trasera" de
la Casa Rosada. Faltaban ocho
minutos para las ocho de la
noche del miércoles 19 de
diciembre del año 2001.
Atenazado entre la parálisis
gubernamental y una imprevista
rebelión popular, huyó
custodiado en un helicóptero
entre las primeras sombras del
anochecer.
Una multitud abigarrada y
encolerizada gritaba "¡que
se vaya!" a pocos metros.
Decenas de miles habían
copado la Plaza de Mayo en
reacción masiva y espontánea
al decreto de estado de sitio:
la única orden seria en dos años
de gobierno.
Un estruendoso ruido de odio y
cacerolazo lo separaban de la
masa insubordinada. Sin
embargo, con la flema de los
monarcas medievales, el
presidente no se daba por
enterado. Su pequeño entorno,
el silencioso lujo del poder y
una muralla policial que a esa
hora ya tenía 23 muertos bajo
sus pies, lo convencían de
que seguía siendo presidente.
Antes de irse, como si la cosa
no fuera con él, arrojó la
cabeza del repudiado ministro
de Economía. Pero todo siguió
igual, alguien le dijo que no
era suficiente. Entonces
anunció la renuncia de todo
su gabinete, y la gente no se
dio por enterada. Sorprendido,
llamó a la oposición y le
ofreció la mitad del poder,
como si la otra mitad
existiera. Un corresponsal que
cubría la Casa Rosada a esa
hora crucial, contó en
privado esto: "Ya no
quedaba nadie, sólo algunos
asesores, el personal de
seguridad y su hijo menor, era
el jefe de Estado más
solitario que he visto en las
últimas décadas".
Entonces se fue
Un presidente de papel lo
sucedió por dos días para
entregar la investidura a otro
que duró diez días. Éste,
sitiado por un segundo
cacerolazo y sin apoyo en su
propio partido, voló sin
aviso a su lejana y bucólica
provincia. Desde allá renunció,
vestido en camisa manga corta
y rodeado de la misma familia
atónita que había llevado al
paseo más corto por la Quinta
de Olivos. A más de mil kilómetros
de la ciudad de Buenos Aires,
no sabía a quién pasar los bártulos
presidenciales que por olvido
se llevó puestos. Los confió
a las manos de un edecán que
estaba tan sorprendido como el
resto del mundo. Los trajo a
la Capital y los puso en el
lugar correspondiente, a la
espera de que apareciera otro
presidente.
A esas horas de la noche del
31 de diciembre, cuando el año
también se iba, una llamada
desde Norteamérica descubrió
la crudeza de la crisis
gubernamental en la Argentina.
Collin Powell, secretario de
Estado, pidió que lo
comunicaran urgente con el
Jefe del Estado. Como nadie
contestaba, llamaron a un número
"más privado" y
respondió un funcionario sin
rango de la Casa Rosada:
"No hay presidente a esta
hora", fue lo que le
informaron. [1]
Sin café ni medialunas
Desde entonces, los de abajo
se negaron a soportar más a
los de arriba. Pero éstos, a
regañadientes, empezaron a
sentir que tampoco podían
seguir gobernando como antes.
Aunque siguieran gobernando.
En realidad comenzaron a vivir
muy intranquilos.
Entre el 20 de diciembre y el
12 de febrero se cuentan
treinta y siete
"agresiones" a
importantes personajes o símbolos
de la política nacional y
provincial. Dos ex
presidentes, cuatro senadores,
nueve diputados, tres ex
ministros, dos gobernadores.
Uno a uno abucheados en la
calle, el restaurante, avión
o manejando su auto [2] . Una
irreverencia donde lo nuevo
intenta tomar venganza de la
impunidad. Gritos ofensivos,
empujones, incluso trompadas.
Hasta el sagrado placer porteño
de tomar café con leche y
medialunas les fue vetado.
Sectores de las clases
explotadas y otros que se habían
deleitado con la fiesta
menemista entraron en
movilización permanente. Cada
capa del tejido social fue
removida y lanzada a las
calles. La democracia de los
cuerpos se impuso a la frugal
república del voto. El
reactivo anuncio electoral de
octubre de 2001, con gran
crecimiento de todo lo que
fuera anti- régimen, funcionó
como premonición.
Un registro periodístico
muestra que desde enero de
2001 al 22 de febrero de 2002,
hubo 1.492 marchas a Plaza de
Mayo y a la Plaza de los Dos
Congresos. De ellas, 503, casi
el 40%, ocurrieron en el corto
lapso que va del 19 de
diciembre a mediados de
febrero: el verano más corto
de la historia argentina.
El 19 de diciembre fueron
saqueados 122 supermercados y
comercios menores del Gran
Buenos Aires y 17 en la
Capital. El país conoció
tres cacerolazos nacionales
con epicentro en la ciudad de
Buenos Aires. El segundo, con
participación masiva en
treinta y dos ciudades y
pueblos del interior.
Veintisiete cacerolazos
locales, algunos en pueblos
que antes nadie recordaba.
Además, veintiséis
"irrupciones
ensordecedoras" a doce
bancos en la ciudad de Buenos
Aires, La Plata, Rosario y
Mendoza. Un informe de la
Asociación de Bancos
Argentinos (ABA) señala que
tales "irrupciones"
han costado cierres y
alteraciones equivalentes a un
40% de la jornada.
Una marcha de casi 15 mil
piqueteros a la Capital
Federal recibida a su paso por
las asambleas barriales.
Decenas de cortes de ruta en
Salta, Jujuy y en la provincia
de Buenos Aires, algunos con
bloqueo a empresas petroleras.
Decenas de concentraciones
frente a empresas de servicio
privatizadas y a YPF-Repsol.
Dos hechos ilustran la extensión
social y la profundidad del
movimiento. El primero: un
buen día la clase media, los
propietarios y administradores
inmobiliarios hicieron la
primera movilización de su
historia. Casi 3 mil
asistentes... Pero fue una
marcha muy extraña. Los
dirigentes obligaron a usar
mojigatas maraquitas de plástico,
melifluas consignas
autorizadas, pulcras pancartas
impresas y trajes de muchos dólares.
De todo, menos cacerolas.
"Queremos evitar que se
nos confunda. No somos ni
piqueteros, ni cacee
oleros", declaró H.
Dodorico, presidente del
gremio. A la semana siguiente,
fueron casi 5 mil en Plaza de
Mayo. Pero el dirigente fue
abucheado, golpeado y acusado
de traidor y la gente, sin que
nadie lo pudiera impedir, hizo
sonar sus cacerolas. Fue la señal
de que hasta los encopetados
propietarios de inmuebles tenían
que bailar el nuevo ritmo.
El otro hecho que impactó a
la sociedad fue la movilización
de unos 300 chicos y chicas
"down" por el centro
de la ciudad hasta ocupar por
varias horas la Plaza de Mayo.
Cada uno con su cacerola.
A la fecha de cierre de este
trabajo, 26 de febrero, se
conocieron nuevos saqueos en
localidades de Pacheco, al
norte de Buenos Aires, y se
habla de conspiración
militar- bancaria.
La ciudad de Buenos Aires fue
convertida en el escenario de
un drama histórico, sin
director ni libreto. Sólo sabían
dónde comenzaba la obra. No
hubo previa convocatoria,
consigna ni llamamiento.
Lo que era lento en la
sociedad se precipitó. En
buena parte del pueblo se
rompió la aceptación
resignada del drama diario.
Fue la condena a muerte de la
anomia y la rutina.
Hasta el día anterior, las
expresiones cotidianas más
usuales eran, "qué va a
hacer", "yo, mejor
me voy", "me quiero
morir" y explicaciones de
ese estilo. Mostraban la
impotencia individual en la
voluntad de una clase media y
trabajadora diseñada a la
medida de la fe en las
instituciones de poder.
"Esa servilidad, esa
rutina, fuentes inagotables de
la trivialidad, esa ausencia
de rebelión en la voluntad de
iniciativa, en el pensamiento
de los individuos, son las
causas principales de la
lentitud desoladora del
desenvolvimiento histórico de
la humanidad". [3]
Instituciones y creencias
sedimentadas generación tras
generación en sus cabezas se
desgranaron "de la noche
a la mañana".
Frente al espejo
Pero la gente no salió a las
calles y plazas sabiendo lo
que quería. En realidad, sólo
estaba segura de lo que no
quería. Sus actos fueron
transformándose en
conciencia. Era como si un
nuevo rostro le apareciera
frente al espejo, después de
cada cacerolazo, batida
policial o asamblea.
Esa mutación se expresó en
un derroche de consignas
cantadas cuya unidad se
establecía a partir de lo que
se denunciaba, se negaba, se
odiaba, repudiaba y
cuestionaba.
Como síntomas de crecimiento,
las consignas fueron señalando
tanto la buena salud como las
fallas genéticas del proceso
y sus protagonistas.
Desde el comienzo se mezclaron
consignas de distinto carácter
y objetivos. A las
antigubernamentales siguieron
las antipoliciales, las
anticorrupción, las que pedían
las renuncias de la Corte
Suprema y el Congreso. O las
que expresan el deseo masivo
de "vivir mejor"
"sin radicales ni
peronistas". Las que
proclaman la nueva relación
de fuerzas diciendo que
"El pueblo unido jamás
será vencido" y
preguntando desafiante, "¿Quién
tiene la batuta?".
Desde mediados de enero
comenzaron a aparecer
consignas anticapitalistas o
que suenan a ello sin que
quede claro su carácter. Un
abanico de demandas que
muestra perfecto un movimiento
multisápido por definición.
Sin embargo, a dos meses, hubo
un cambio. Ya no predominan
las consignas de alto
contenido nacional. Por
ejemplo las que reclamaban
Patria y sentido de
argentinidad:
"¡Argentina,
Argentina!", "¡Si
este no es el pueblo, el
pueblo dónde está!". El
alto contenido nacionalista de
estos gritos resaltaba cuando
se escuchaban en medio de
marchas abarrotadas de
banderas celestiblancas.
En los cacerolazos de febrero
fueron excepcionales las notas
del himno nacional. Pasaron a
ser dominantes los cantos
contra las multinacionales, el
FMI, el gobierno de Duhalde,
la banca. Así, hasta recalar
en la consigna más cantada
por todas las asambleas:
"¡Que no quede ni uno
solo!", una
comprometedora exigencia, como
si el movimiento supiera qué
sigue después.
A pesar del entrevero de
consignas, este movimiento
recuperó la vitalidad de las
consignas y los cantos
callejeros. Superó en un solo
acto tanto al melifluo espíritu
posmoderno de los noventa,
como a los gemebundos cantos
aburridos de una izquierda que
ya no sabía qué más cantar.
Hasta la ritualidad cansina
del himno nacional fue
profanada. En las marchas se
impuso el fulgor juvenil y
vigoroso de un nuevo heroísmo,
expresado en la forma de
cantar la estrofa: "¡Y
juremos con gloria
morir!".
El sociólogo Horacio González
plantea que el
"pueblo" actúa
sobre la base de antecedentes
en su memoria (Nación,
Patria, etc.), a diferencia de
la "multitud", que
"piensa sobre la base del
abismo". Para él, hay un
renacer desde "los logros
del acontecimiento
anterior". [4]
Algo parecido plantea el
psiquiatra y ensayista Blas
Santos. Él habla de un
"renacimiento" a
partir de la fantasía del Ave
Fénix: "Como si se
pensara, si todo termina va a
surgir una cosa nueva…"
[5]
Con ese grado de
espontaneidad, "materia
prima de lo consciente"
(Lenin), comenzó a
constituirse este movimiento
social organizado en asambleas
barriales.
El sonido y la furia
La clase media y los
desocupados de la ciudad de
Buenos Aires entraron en acción
masiva a partir de un odio
acumulado sin salida
individual. La virgen de Luján,
las inmolaciones, la queja
cotidiana, la fantasía de
Ezeiza y hasta los
confesionarios del psicoanálisis,
repletos en los meses previos,
no eran suficientes.
Lo que descubrió entre el 19
y el 20 de diciembre fue al
mismo tiempo su invento.
Comprendió que podían echar
al ministro de Economía más
odiado desde Martínez de Hoz
(1976), y al presidente más
enclenque desde Arturo Illía
(1962). En el mismo acto
inventaron un movimiento
social sin precedentes.
La incorporación de la
cacerola a la marcha
tradicional simboliza la
necesidad de romper, con el
grito más molesto, el
silencio y la connivencia con
10 años de crudo
neoliberalismo. El equivalente
a destrozar con una piedra la
vidriera de un shoping center.
Las asambleas, en tanto,
proyectan la búsqueda de un
espacio libertario, democrático,
igualitario, de identidad,
donde poder darle muerte a la
anomia y la impunidad. En ese
remolino de irreverencia
democrática, también son
rechazados el dirigismo
sofocante y el centralismo
irreflexivo de la izquierda.
Por eso predomina la expresión
oral, como señala Blas
Santos: "La palabra tiene
muchas funciones, de
comunicación, de repetición
de lo que ya se sabe, pero
tiene también de realización".
[6]
Protagonistas del nuevo
milenio
De esos acontecimientos emergió
un nuevo protagonista social:
eso que genéricamente llaman
la clase media. Profesionales
desocupados, el trabajador de
los nuevos servicios, de
docentes y bancarios; el
profesional libre, el
desempleado, el pequeño
comerciante paúl erizado, el
estudiante y la ama de casa,
sin olvidar a algunos pequeños
empresarios en estado de
ruina. Todos, en calidad de
nuevos pobres o amenazados de
tal. Un buen día se
encontraron, para su propia
sorpresa, asumiendo un rol político
que jamás habían imaginado.
"Vecino" pasó a ser
el ropaje de un nuevo sujeto.
En realidad, ese ropaje se
visten varios sujetos a la
vez. La gente salió el 19 a
la noche de sus casas
individualmente o en pequeños
grupos familiares o de amigos.
Sin embargo, ya eran mucho más
que individuos, aunque no lo
supieran. El barrio fue el
punto de partida, la asamblea
el organismo de militancia, la
plaza el espacio, la palabra
el instrumento y hacer política
una necesidad de su
existencia.
El principal componente de las
más de sesenta asambleas que
funcionan en la Capital
Federal es el profesional y
trabajador desocupado –también
el más activo en las
tareas–. Una consulta que
realizamos sobre doce
asambleas arrojó este dato:
casi el 30 por ciento de los
asambleístas son desocupados
crónicos u ocupados
eventuales. [7] Este elemento
de unidad social con los
"piqueteros" no
garantiza ninguna cualidad
revolucionaria per se.
Quién inventó las asambleas
Las asambleas comenzaron a
juntarse desde el propio 20 de
diciembre en medio de la
rebelión. Fueron el invento
del primer cacerolazo.
Comenzaron pequeños grupos
por manzana. Se reconocían
dentro de las marchas. En
medio o al final de éstas, se
juntaban, comían pizza y
decidían convocar a otros. En
algunos casos fueron vecinos
relacionados por la amistad y
algún grado de afinidad
socialista cebada con mate.
A la semana siguiente ya eran
centenares y a mediados del
mes de febrero alcanzaron a
congregar entre 7 y 8 mil
asistentes. En la mayoría de
los casos hay un porcentaje
que es itinerante. Hay
asambleas que se renuevan
semanalmente sin que se altere
la cantidad. Esa movilidad,
tan propia de la clase media,
también indica su constitución
de clase, así como una
ruptura con las estructuras
organizativas tradicionales
del movimiento obrero y
marxista.
El sector más activista de
las asambleas lo componen los
nuevos militantes surgidos de
los cacerolazos, donde
predominan los desempleados,
los profesionales. Un sello
particular lo imprimieron las
mujeres. Por la cantidad que
participa en las marchas y
tareas, pero sobre todo por el
despliegue de iniciativas en
las asambleas y comisiones.
Como parte constitucional de
esa camada de nuevos
activistas está la militancia
de izquierda, la organizada en
partidos y la otra. De hecho,
se ha establecido una nueva
relación que le impone el
desafío de ejercitar un nuevo
aprendizaje. Inédito en
muchos sentidos, la obliga a
modificar hábitos
estructurados por años en sus
rígidos locales, programas y
modelos históricos.
Sin que lo adviertan, están
siendo asaltados en sus nichos
de sobrevivencia. Y en esa dinámica
estamos en presencia de un
choque cultural entre viejas y
nuevas prácticas.
La izquierda está enfrentada
al dolor de tener que resignar
no sólo formas, sino
programas, conductas y
relaciones humanas. Tiene la
ventaja de ser testamentaria
de un cuerpo teórico sólido
formado en la tradición del
movimiento comunista
internacional y en el
movimiento obrero. No será la
Enciclopedia de D´Holbach y
Diderot, pero es suficiente
para saber con qué tipo de
"ladrillos" [8]
sepultar la actual
irracionalidad capitalista.
Las tres facilidades que le
brinda el actual movimiento
son, por ejemplo, evaporar de
sus programas y conductas el
estatismo, el dirigismo y el
aparatismo. Sin la superación
de estos vicios heredados del
marxismo practicado durante el
siglo XX, la izquierda
argentina no podrá fundirse
con el nuevo movimiento, y
menos aún, ser alternativa
política y cultural.
Una investigación sobre
cuarenta y dos asambleas nos
indicó que la primera se habría
formado en Paternal (San Martín
y J. B. Justo) el miércoles
19 de diciembre a la noche.
Fue una reacción al decreto
de estado de sitio, un acto de
mirarse las caras y saber que
tenían que hacer lo mismo y
ya. Comenzaron unas diez
personas, a la semana
siguiente asistieron sesenta
vecinos y la tercera semana ya
eran ciento veinte.
Entre la rebelión del 19-20 y
el fin de año, sólo se
conoce la aparición de dos más:
la de Núñez-Saavedra,
fundada el 30 de diciembre y
la de Luzuriaga (Lomas del
Mirador), nacida el 20 de ese
mes. En este último caso, el
"odre viejo se llenó con
vino nuevo". En Luzuriaga
funcionaba una reunión
asamblearia regular desde
finales del año 2000, pero
dedicada a la protección
contra la delincuencia.
"Lo que hizo fue asumir
las consignas", declaró
un vecino. Y con ellas,
agregamos, un nuevo rol en el
movimiento.
Las otras treinta y nueve
asambleas aparecieron entre el
1° de enero de 2002
(Colegiales, en Zapiola y
Lacroze) y el 22 de enero,
cuando se formó la de los
vecinos que bordean la histórica
Plaza de Mayo.
De las cuarenta y dos
asambleas, veintidós nacieron
con grupos que van de siete
hasta cincuenta miembros. La
de Liniers, por ejemplo, la
"fundaron" seis
personas. Seis casos
registraron una asistencia que
fue de cincuenta a cien
participantes. De la búsqueda
surge que en apenas catorce
casos se reunieron grupos de
cien a trescientas personas en
la primera
"autoconvocatoria".
En muchos casos se verifica
una correspondencia entre la
cantidad de gente que se
concentraba en el cruce de
calles para hacer el
cacerolazo y la cantidad que
se juntó para la primera
asamblea. Es el caso de la de
Caballito-Parque Rivadavia.
Comenzó a funcionar el 21 de
enero con más de trescientos
asistentes; una suma
"representativa" de
los más de mil que rompían
las cacerolas en Acoyte y
Rivadavia y La Plata y
Rivadavia.
Pero eso es una regla común.
Hay casos donde el crecimiento
fue geométricamente exagerado
y eso no se reflejó en las
columnas. Por ejemplo, la de
Chacarita (Zapiola y Lacroze),
donde comenzaron 5 personas y,
según algunos de sus
miembros, a la tercera semana
alcanzaron casi doscientos
convocados; sin embargo, ese
crecimiento no resultó igual
en las marchas a Plaza de
Mayo. Lo mismo vale para la de
Plaza 1° de Mayo (Saavedra),
donde comenzaron treinta
vecinos y a la segunda semana
eran más de doscientos, o la
de Núñez-Saavedra, cuyos
asistentes pasaron de diez a
treinta, luego a cien, para
estabilizarse en unos ciento
cincuenta.
En casi la mitad de la
muestra, o sea, veinte casos,
los militantes de izquierda
participan activamente desde
la primera asamblea. En el
resto, comenzaron a aparecer
desde la segunda o la tercera
reunión. No hay registro de
una sola asamblea que haya
sido convocada y organizada
por algún partido o sindicato
de izquierda. Por lo menos,
entre el 19 de diciembre y 11
de enero, cuando el movimiento
ya estaba constituido. A
partir de esa fecha se conocen
algunos casos donde partidos
trotskistas organizaron la
asamblea. Parque Patricios es
el primero que se registra.
En el conurbano bonaerense se
constituyó como movimiento de
asambleas desde finales de
enero. Para ello fue clave el
efecto de las reuniones
masivas en Parque Centenario.
Antes que las del conurbano,
se conocieron asambleas en la
ciudad de Rosario los primeros
días de enero; fueron
bastante nutridas, con
presencia de profesionales y
agricultores quebrados. Pero
no tuvieron continuidad.
La Interbarrial, el verano más
largo
El surgimiento de la
Interbarrial fue un
acontecimiento casi
silencioso. Por sus orígenes
y desarrollo ha resultado
altamente controversial. De
hecho, dentro de las asambleas
han surgido tres corrientes de
opinión. Quienes la
consideran inútil y
prescindible, sobre todo
porque la izquierda tiene
influencia y abusa del control
y las banderas. Están los que
consideran que es el organismo
más desarrollado del
movimiento, su producto político
más maduro, lo más parecido
a una dirección del proceso.
Y por último, una franja
difusa que la ve como un
espacio donde ir a votar, se
ha transformado en un hábito
dominguero con aires rituales.
Una "ceremonia
fundadora", advierte el
ensayista Horacio González.
La primera reunión
Interbarrial se realizó el
segundo domingo de enero,
cuando ya funcionaban unas
veintitrés asambleas
vecinales. No todas
asistieron, aún así se
reunieron unas trescientas
personas.
Hasta su segunda reunión
funcionó mediante una lista
de oradores y orden del día
que se confeccionaba caóticamente,
como todo hasta ese momento.
Se debatía libremente, aunque
predominaban los
pronunciamientos y expresiones
generales. "Fue convocada
sin claridad de objetivos, en
realidad a través de la web
por donde nos comunicábamos
miembros de distintas
asambleas y dijimos, 'vamos a
vernos en Parque Centenario,
es el más céntrico'",
señaló uno de los que llevó
el megáfono durante las tres
primeras reuniones.
Al segundo encuentro de
barrios asistió casi el doble
de vecinos. La tercera contó
con casi dos mil personas, la
cuarta con más de dos mil
quinientas y a la quinta
asistieron casi tres mil
"miembros". Desde
esta asamblea, la cantidad
comenzó a mermar con la misma
fuerza que ascendió. La última,
del domingo 24 de febrero,
contuvo unos dos mil
setecientos asistentes.
La súper asamblea de Parque
Centenario fue el hecho político-cultural
que más impactó, dentro y
fuera del país. Es una
conquista del movimiento de
asambleas vecinales. Despertó
suficientes ilusiones como
para arrancar de sus casas a
varias miles de personas que
se dan una vuelta a ver de qué
es. La mayoría se sienta y
vota. Otros, dan vueltas y
mira entre la duda y el
entusiasmo. Una tercera
franja, conformada por
centenares de militantes de
izquierda, despliega algunas
iniciativas para sostener la
Interbarrial y otras para que
sus banderas sigan en pie.
El trilema en el que se debate
la Interbarrial está
determinado por la cantidad de
informes que ahogan su
capacidad ofensiva para los
grandes problemas nacionales.
El maravilloso caos creativo
que le dio nacimiento se está
convirtiendo en su peor
enemigo.
El peligro más grave de la
Interbarrial es que impide el
desarrollo político de la
vanguardia cultural más
importante de las últimas décadas:
siete u ocho mil personas, de
las cuales sólo un 20% serán
militantes organizados. La
"Doña Rosa" de
Neustadt mutó, ahora es la anónima
vecina del barrio que rechaza
las privatizaciones y condena
la deuda externa. De esta
manera, resulta lo contrario
de lo que suponen algunas
organizaciones de la
izquierda: la Interbarrial
puede morir en el intento. Es
decir, puede vaciarse o
viciarse como posibilidad de
organismo revolucionario
independiente de la vanguardia
y un sector importante de las
masas.
El debate sobre los problemas
de la Interbarrial, que fluye
en las asambleas vecinales, es
un síntoma de vitalidad de
ambos organismos. Pero es
indudable que está sometida a
durísimas presiones externas
(los enemigos) e internas.
Como señaló el legendario
revolucionario peruano Ricardo
Napurí, "una asamblea
que vota tantas consignas sin
debatir los problemas
centrales pierde capacidad
ofensiva frente al
enemigo". [9]
Una tendencia que podría
servir a un nuevo desarrollo
del movimiento es el
despliegue de comisiones que
impulsan tareas de gestión y
control (salud, precios,
desempleo, comedores, etc.), o
como prefieren decir los
psicoanalistas,
"realizadoras".
Conscientes o no, están
sirviendo al fortalecimiento
de las asambleas y la
Interbarrial. Sus trabajos
surgen y dependen de la
soberanía de la asamblea
vecinal, de cuya votación
dependen las comisiones. Un
buen ejemplo para medir esa
dinámica es que casi todas
rechazaron la ingerencia de
los Centro de Gestión y
Participación del Gobierno de
la Ciudad-Estado de Buenos
Aires.
Por obra de las asambleas se
han promovido reuniones dentro
de los hospitales para
participar de la gestión
sobre los insumos y el
presupuesto de salud en las
treinta y tres unidades de la
red.
Las asambleas, pero sobre todo
la Interbarrial, son, más o
menos, lo que el novelista
Dalmiro Sáenz llamó "El
juguete nuevo" y que
Horacio González prefirió
definir como la "Oratoria
bajo las araucarias".
[10]
Los comuneros del Parque
Centenario
Si es cierto que el actual
proceso le da continuidad a la
resistencia de las
organizaciones del movimiento
"piquetero", Madres,
jubilados, Hijos, también lo
es que representa una superación
política y cultural de todo
lo anterior.
El diario Página 12 dedicó
un suplemento a las asambleas
el tercer domingo de febrero.
Lo tituló "La Comuna de
Buenos Aires", en alusión
a las gestas heroicas de las
Comunas de París (1871) y la
de Barcelona (1938).
Si fuera posible alguna
referencia es, más bien, con
el levantamiento estudiantil
de Mayo de 1968, en París
("una ciudad de espíritu
insurreccional", diría
Engels) Allí, el filósofo
marxista Roland Barthes metió
en frases que se hicieron célebres
una definición que se parece
mucho a lo que se observa en
la Argentina: "La rebelión
universitaria fue una toma de
la palabra, una palabra
salvaje fundada sobre la
invención y bajo la forma de
la invención".
Esta toma de la palabra,
advertía en metafórica ironía
Barthes, significaba, en sí
mismo, que no era la toma de
la Bastilla, emblema del
comienzo de la Gran Revolución
Francesa. Ese acto, en París
como en Buenos Aires, señala
un límite subjetivo en la
rebelión, cuya superación
positiva está por verse.
Es inútil, por inaplicable y
esquizofrénico, buscar
"febreros" y
"octubres" como si
la película de Petrogrado
pudiera registrar en el
formato de la Buenos Aires que
dejó la globalización. No sólo
faltan los protagonistas
sociales, personales y
partidarios, además de la
cultura revolucionaria que
predominaba entre los
explotados del mundo en esos años.
Digamos, faltan libretos
nuevos para el actual drama
histórico. Es que también
hay exceso de fe religiosa en
moldes, modelos, conductas,
consignas y estructuras
periclitadas por extemporáneas.
Las asambleas vecinales y la
Interbarrial como su espacio
de encuentro mayor, por un
lado, y el movimiento
"piquetero", por
otro, son la base germinal de
ese desafío. No su solución.
Este artículo es un resumen
acotado de dos capítulos de
un texto del autor, de próxima
aparición.
* Periodista de oficio, fue
director del semanario político
La Chispa (Caracas), Jefe de
Redacción del semanario
Comersur (Buenos Aires) y
Editor periodístico de
www.mercosur.com. Es
colaborador de Enfoques, La
Nación. Ha publicado 4
libros:
Panamá Soberanía y Revolución,
1990; Haití, el último
Duvalier, 1986; Del Caracazo
al golpe de Chávez, 1992 y
Cuentos Relatos y Poemas,
1985. En abril de 2002,
Ediciones B, de España, lanza
en Santiago de Chile su último
texto: Reportaje con la
Muerte. Biografía de Leonardo
Henrichsen, el reportero que
filmó su propio asesinato.
Notas
[1] Sobre información de
Agencia Reuter y Página 12,
del 3 de enero de 2002.
[2] Diarios Página 12, Clarín,
La Nación. Programa Detrás
de las Noticias, Canal 2 y
Azul TV.
[3] Mijaíl Bakunin, Dios y el
Estado, pág. 24, El Viejo
Topo, España 1997.
[4] Horacio González,
"Cacerolas, Multitud,
Pueblo", Página 12,
Buenos Aires, 11 de febrero de
2002.
[5] Blas Santos, "Sujeto
y Cacerolazo", Página
12, Buenos Aires, 18 de
febrero de 2002.
[6] Subrayado nuestro. Blas
Santos, "Sujeto y
Cacerolazo", Página 12,
Buenos Aires, 18 de febrero de
2002.
[7] Los datos los recabamos
entre miembros de las
comisiones de dos asambleas de
Caballito, una de Flores, una
de Almagro, la de Canning y
Corrientes (Villa Crespo),
Liniers, Paternal, Cid
Campeador, la de Colegiales y
la que se reúne en la
acogedora Plaza Irlanda.
[8] Alusión a la frase de la
diputada del ARI, Elisa Carrió,
quien declaró que "el
nuevo régimen lo
construiremos con los
ladrillos del viejo". En
los talleres de reflexión que
realizaron varias asambleas,
esta declaración fue
ampliamente rechazada por
considerar que no cambiaría
nada.
[9] Esto lo comentó Ricardo
Napurí al autor durante una
larga conversación sobre la
experiencia de las asambleas
populares de Bolivia (1969) y
Perú (1979), de las que él
fue protagonista destacado.
[10] "Qué son, qué
quieren y a dónde van las
asambleas populares".
"La Comuna de Buenos
Aires", Página 12,
Buenos Aires, 24 de febrero de
2002.
Una
página que desea reflejar el sentimiento por el querido
Parque Patricios